Economía y dinero: una fuerza capaz de todo

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Ya lo dijo el griego Arquímedes de Siracusa en el siglo III a. C: dadme un punto de apoyo y moveré el mundo. Hoy con todo lo que sabemos sobre la importancia que tiene la economía en nuestras vidas, podríamos ofrecerle esta ciencia al matemático griego como palanca para lograr su deseo.
La primera vez que me enfrenté a esta disciplina, allá por mis años mozos de estudiante universitario, recuerdo que el profesor para definir economía solo precisó de tres palabras. Economía significa escasez de recursos. Hay que reconocer que pese a la parquedad en su exposición el grado de acierto alcanzado fue sobresaliente.
A estas alturas no les descubro nada si les digo que se han empleado ríos de tinta para escribir libros y artículos sobre esta materia, sin embargo hoy solo pretendo trasladar al lector algunos ejemplos del valor que la economía y el dinero han protagonizado a lo largo de la historia, sin entrar en disquisiciones técnicas. Pasado, presente y futuro comparten como denominador común la capacidad que tiene la economía para actuar de fuerza, bien propulsora, bien frenadora del devenir de un imperio o nación cualquiera.

Si nos ceñimos a su carácter etimológico la palabra economía proviene del griego (oikos, que significa casa, y nemo, que representa administrar). Por tanto, deducimos que el término se refiere a administrar una casa o familia. Dinero por su parte proviene del latín denarius y su nombre obedece a la primera moneda de plata creada en época romana allá por el siglo III a. C.

Entre los siglos XI a VIII a. C. los fenicios, pueblo de navegantes y comerciantes, crearon el trueque. Antes de la aparición del dinero los intercambios se realizaban mediante el canje directo de una mercancía por otra. Este método limitaba enormemente la posibilidad de realizar transacciones, pues se requería una coincidencia de necesidades en el tiempo, además del problema de la indivisibilidad de algunos productos.
Desde el dinero-mercancía hasta llegar a nuestros días con el dinero virtual se hace presente el poema de don Francisco de Quevedo escrito allá por el siglo XVII: Poderoso caballero es don dinero. El vil metal como nutriente al servicio de la economía constituye, junto a esta, una pareja de baile que ha sido fuente de multitud de conflictos y vicisitudes como los que ilustran los siguientes pasajes:

En la mitología griega, la guerra de Troya celebrada a mediados del siglo XIII a. C. fue un conflicto bélico que enfrentó a una coalición de ejércitos aqueos frente a la ciudad-Estado de Troya por el control de las rutas comerciales que conducían al rico Oriente. Fue una guerra por motivos económicos (el lance del rapto de la reina Helena de Esparta no es más que un motivo literario para maquillar la dignidad de la campaña) fundados en que todo barco que se dirigía al mar Negro en busca del comercio de cereales y eslavos, al entrar en el estrecho de los Dardanelos debía pagar un tributo a Troya.

Siguiendo el curso de la historia, a la altura del siglo IV Roma seguía dominando un extenso imperio. Pero ese inmenso gigante estaba cansado de tanta expansión y esfuerzo. Sufría, entre otras, una grave crisis económica que acabaría con su existencia. El retroceso del comercio por el exceso de impuestos que gravaban a los comerciantes y artesanos; la crisis de la clase media, fustigada por las presiones fiscales, y la consecuente caída de la ciudad desencadenaron la desaparición del Imperio romano de Occidente.

Con el advenimiento de la Edad Moderna hay que destacar un hito único: la llegada a América de los españoles. Cuestión esta que no fue fruto del azar, sino la consecuencia de la búsqueda de una ruta por el oeste para alcanzar las islas de la Especiería. Las valiosas especias como el clavo, la pimienta de la India, la canela y la nuez moscada tenían un valor estratosférico en la Europa de finales del siglo XV. Su demanda obedecía, entre otras razones, a su uso para disimular el desagradable sabor de la carne en mal estado. Una fuerte demanda y una oferta limitada al arbitrio de intermediarios venecianos, genoveses y musulmanes hacían de las especias un preciado objeto de deseo. Se dice que en la Edad Media un pequeño saco de pimienta equivalía al valor de lo ganado por un trabajador a lo largo de toda su vida. Se contaba grano a grano y llegó a utilizarse como medio de pago. Otra vez la economía como punta de lanza de lo que vino después, el descubrimiento de América.

La conquista no fue realizada por el rey ni el Estado, la hacen y financian los particulares. Cuando se conquistaba algo era con ánimo de obtener algún beneficio. Los conquistadores firmaban con el rey un acuerdo comercial denominado capitulaciones, por el que a cambio de otorgarles la soberanía sobre el territorio aprehendido y una quinta parte de los beneficios obtenidos, aquel autorizaba a conquistar un determinado territorio. Y es aquí donde engarzamos con la búsqueda de «El Dorado», leyenda que desemboca una pasión inusitada por el hallazgo de minas y sedimentos fluviales ricos en oro y plata que ocuparían el espacio comercial preferente antes ostentado por las especias. A partir de 1535 los metales nobles, básicamente la plata, remitidos por Francisco Pizarro supusieron una inyección pésimamente aprovechada por la economía hispana de la época. Una quinta parte de los metales que llegaban, el denominado quinto real, estaba reservada para la Corona castellana, que bajo la soberanía de la dinastía de los Austrias la invertía casi en su totalidad en financiar las guerras europeas del Imperio español. Resulta paradójico como esa aureola de riqueza proveniente de ultramar lejos de proveer una mayor riqueza y prosperidad, lo que desencadenó fue una crisis galopante fruto del abandono de los oficios tradicionales, la labranza y la cría de ganado por parte del pueblo. La fiebre del oro (o más bien de la plata) consumió a los españoles, disparó la inflación y destruyó el tejido productivo de Castilla al tiempo que supuso el despegue económico de América. Vivos ejemplos de esta afirmación son el progreso de México, que reorientó su economía hacia la agricultura y la ganadería, y Perú que fue capaz de crear, a partir de los beneficios de su propia actividad minera, una red comercial entre las provincias que configuraban los distintos virreinatos.

Y llegados a tiempos recientes no podemos obviar las guerras de Irak con ese trasfondo por el control del petróleo. El hecho de que Irak tuviera las segundas mayores reservas probadas del mundo y que su coste de extracción estuviera entre los más bajos representaba un reclamo para las principales potencias que movieron sus piezas en el tablero.

Como hemos visto en este rápido repaso la economía y su fiel escudero, el dinero, bien podrían ser considerados como aquellos elementos de apoyo necesarios para levantar todo el orbe conocido. La escasez de recursos en nuestro hábitat ha sido fuente generadora de todo tipo de conflictos. Por delante tenemos el reto de diseñar un futuro provisto de medios que permitan atemperar el rozamiento que toda economía provoca en el seno de una sociedad. Quizá sería lo más razonable, ¿qué piensan ustedes?

Autoría de la imagen: freepik

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